Entre la revolución y la pandemia, la (de)sensibilización

Por Belén A. Pulgar N.


Cuando quedas embarazada puede haber una y mil emociones y pensamientos dentro tuyo en un par de segundos. Yo quedé en blanco, y luego me vino el miedo y la emoción de la mano. Con el pasar de las semanas gracias a la compañía de cercanos comencé a imaginarme todas las situaciones que viviría, caminar a la u e ir a clases con una tremenda panza, tener un baby shower, tener a mi bebé con mi pareja mientras mi mamá espera afuera de la sala, gente viniendo a vernos durante la estadía en la clínica, etc. Nada de eso pasó. Quedé embarazada, Chile despertó y llegó la pandemia, así que mi bebé nacería en medio de una catástrofe sanitaria y una revolución social.


Chile despertó justo dos semanas después de saber que estábamos embarazados. Dejamos de tener clases porque la universidad se había convertido en un campo de batalla junto a otros puntos de la ciudad, uno de ellos fue Tribunales, a solo metros de la consulta de mi ginecóloga. Así que ir al centro o a la u era un sin sentido, por lo que se podría decir que llevo en cuarentena desde octubre del 2019 de hecho. 


La revolución de los 30 pesos nos sirvió para distraernos de la ansiedad y nerviosismo de traer un ser humano a este angustiado y destruido mundo. De alguna forma u otra somos seres incompletos cuidando de seres aún más incompletos. Por supuesto al tener 20 y tantos años, ambos habíamos dicho desde siempre que era ridículo tener un bebé, pero no es como que hayan muchas opciones en este país cuando un ovocito se une a un espermatozoide. Así que seguimos adelante con una de las mayores travesías por las que puede pasar una persona con todo el amor y energía que tenemos para darle. 


Entre todas estas nuevas cosas, ambos ya traíamos una mochila de problemas personales típicos de estudiantes universitarios. Así que me vi a mi misma pasando por el Seminario de Grado, o tesis, como me gusta decirle. Un proceso estresante, en el que pierdes el sueño, caes, te vuelves a levantar, y te carcome el nerviosismo por hacer algo realmente bueno y así poder probarle al resto que te esforzaste y a ti misma que no eres tan mediocre como pareces.


Los meses pasaron y en Chile la cosa no se ponía peor o mejor para mi gusto, solo más intensa. Quienes jamás salieron ni alzaron la voz se hicieron presentes a su manera. La policía mostró su cara más indolente de manera pública, ya no solo atacaba al pueblo mapuche a espaldas de la gente, en vez de eso se enfrentó a cualquiera que estuviera en su camino sin importar origen, color, raza, edad, género, discapacidad física, nada. Agredió a su hermano en vez de unirse a su canto. 


Aparecieron Las Tesis. Fui con mi pequeña panza bailarina y mi mamá a cantar al centro de la ciudad, con nuestros pañuelos y la ropa negra nos volvimos una con el resto de las que estábamos ahí. Nunca había compartido algo así con ella. 


Luego vino el 8M, tras una clase de gimnasia prenatal que me regalaron y unas horas trabajando en la tesis, partí con mi amiga Carla a marchar al centro. A penas me podía el cuerpo y todas me sacaban fotos que jamás vi. En mi guatita con un labial escribí "por mí y por lxs que vienen". El calor hacía que se corriera así que después de un rato era como si me hubieran apuñalado o algo. Fue un gran día. Quería llorar de la emoción pero a la vez me sentía calmada, segura. Todas me cuidaban cuando veían que traía algo dentro mío. Algo que no supimos qué era hasta el día en que nació, porque a la antigua es más entretenido si no se sabe.


Antes de la marcha feminista al otro lado del mundo el coronavirus ya había aparecido. Este famoso Covid-19 que tenía a todo el mundo asustado pronto llegaría a este rincón del universo y a Conce. Un virus que de lejos parecía no tener forma, como si fuese irreal, de ficción gringa, una película. Y de un día para otro levantó su tregua con Chile. 


Así como durante el estallido también con la pandemia las medidas del gobierno fueron -son- insuficientes, atrasadas, arcaicas, centradas en la economía de ellos y no en la salud de su pueblo. Casi de la noche a la mañana superamos en contagiados a aquellos países a los que veíamos con lástima en la televisión, cuando decíamos "pero por qué no se quedan en casa?", y así después esos fuimos nosotros. 


A mediados de marzo mi familia y yo nos "encerramos", una cuarentena voluntaria que continúa al día de hoy como la que han mantenido miles de familias, pero no las suficientes. Mi pareja -Daniel- dejó su pensión y luego de años acostumbrado a vivir solo tuvo que enfrentarse a vivir conmigo y más personas, no imagino cómo lo habrá sentido pero no creo que fuera sencillo. Semanas después entregué la tesis terminada con una dedicatoria a Dani y a Itka (nuestro bebé) que para ese momento aún no nacía. Nadie a excepción de mi equipo de trabajo, la profe guía y la comisión evaluadora han visto esa dedicatoria ya que jamás pudimos llegar a imprimirla, todo estaba cerrado. 


Un poco antes del parto comencé a ver los cambios en mi cuerpo de forma general, las manos y pies hinchados, la inexistencia de tobillos, la dificultad para ponerse calcetines, dormir a ratos y con un cojín entre las piernas cada vez más grande. El cansancio, el peso, la espalda, los ronquidos, el hambre, las constantes idas al baño, el ropero lleno de cosas sin usar porque nada te cabe, la acidez, eterna acidez. Todo eso se va casi de forma inmediata después del parto, todo menos las marcas. Hablo de estrías y desgarros, de "la guata de bolsa", los traumas psicológicos por el procedimiento y de la bomba de hormonas. La memoria del proceso es quizás lo único que se queda dependiendo de cómo se recuerde, esto sin contar a un hijo por supuesto.


Gracias a la pandemia, la forma de operar de los servicios médicos cambió y no había forma de oponerse. Con tristeza nos fuimos enterando de poco en poco que primero, Dani no podría entrar a la consulta de la médico conmigo, al rato no podría estar en las ecografías, ya al final no podía siquiera ingresar al edificio. Nuestra única esperanza era que estuviera en el parto conmigo. Y cuando llegó el día así fue, por 12 horas tomó mi mano y lloró conmigo, después de eso Itka y yo nos quedamos a solas.


Meses antes, como conté en un inicio, yo había imaginado mi baby shower con “juegos de azar y mujerzuelas”. Había imaginado ir a la u con mi panza. Había imaginado a mi mamá, a mi papá, a mi suegra, a mis cuñadas, a mis hermanos, tíos y primos fuera de la sala de parto, esperándonos. Había imaginado a mi hermana y su polola viniendo de Santiago a vernos. Había imaginado a todos nuestros amigos que prometieron visitarnos en la clínica. Había imaginado pasar esos días y noches dentro junto a Dani. Había imaginado que la anestesia hubiera tenido efecto. Había imaginado no tener que usar una mascarilla. Había imaginado muchas cosas.


Y es que dar a luz usando mascarilla y sin un buen efecto de la anestesia pueden jugarte en contra en esos momentos. Cuando todo lo que aprendiste de respiración no funciona y las indicaciones de la matrona tampoco, comienzas a respirar de forma entrecortada, desesperada. El asma, la rinitis, el tabique chueco y la mascarilla tampoco ayudan. Comienzas a marearte, a hiperventilar. Intentan calmarte con ojos fríos y un rostro que no logras ver detrás de las máscaras y protectores faciales. Ya te han puesto anestesia tres veces, y el que la puso te mira sin entender porqué no funciona. De pronto sale el bebé con una bufanda en el cuello, te desgarras, sientes el dolor de la aguja e hilo mientras pasan por tu piel porque ni la anestesia local funciona. Pero solo unas horas más tarde ya puedes levantarte e ir al baño. 


Yo sé que todas las experiencias de parto son distintas, pero quisiera detenerme en el trato y los procedimientos, porque como madre primeriza quedé con muchas dudas y gracias a esa soledad obligatoria fue una situación traumática cuya culpa jamás será de mi hijo, sino de una falta general de empatía por parte de las muchas mujeres que me atendieron -es que parece que por ser mujer tienes que ser fuerte constantemente y no mostrar debilidad frente a algo tan "natural" como ser madre-, la desensibilización del personal de salud -que en tiempos de pandemia de alguna forma lo entiendo-, y la falta de acompañamiento psicológico a sus pacientes. Y sin ánimos de funa ni denuncia, simplemente espero que con lo que contaré, a nadie le suceda. 


Todos los exámenes estaban en perfectas condiciones, siempre lo estuvieron, pero Itka no tenía ninguna intención de salir, entonces me dijeron “el domingo vienes y haces el ingreso a las 8 de la mañana para una inducción”, tendría a mi bebé el primer día de la semana 40, y el mejor consejo que me dieron fue el darme un desayuno enorme, porque iba a ser una largo día y no tendría tiempo para comer. Meses después algunas personas me dicen que si estaba físicamente bien entonces podría haber seguido esperando unos días más y otras dicen que fue la mejor opción por algún posible riesgo, pero qué va a saber una si no es del área de la salud. O quizás la culpa fue mía por no haber contactado a alguna Doula para que me informara de todo, en fin. 


Dentro del nerviosismo, llegamos a las 8 en punto a la clínica y el ingreso fue tan impersonal con todo el papeleo de por medio que fue como si estuviésemos en el banco solicitando un crédito. Me hicieron pasar sola y luego de que me revisaran y sacase todo lo necesario de mi maleta me llevaron a una sala de preparación, me pusieron una intravenosa con quien sabe qué y a la hora llegó dani. Le pasaron un traje de esos que parecen bolsa y lo dejaron a mi lado. un rato después llegaron a revisarme de nuevo, pero el proceso iba bien lento así que le pidieron a Dani que saliera porque me iban a romper la bolsa. Llegaron dos enfermeras junto a la ginecóloga, levantaron mi pelvis, me pusieron una especie de pelela por debajo y me abrieron las piernas, entre el frío, el peso de la panza y el cansancio, por supuesto que mi primer reflejo es cerrar las piernas a pesar de que me pidieron que no lo hiciera. La ginecóloga metió una mano primero y con la otra una tijera especial para hacer un corte. Me sentí cual vaca. Nuevamente, meses después hay gente que me dice que eso no es correcto puesto habían pasado apenas unas tres horas desde que ingresé, pero en ese momento jamás pensé que tuviese otra opción. 


A los 5 minutos llega Dani y las contracciones fuertes me llegan como un martillazo de la nada, Dani toma mi mano y llora pidiéndome perdón. En eso necesito ir al baño así que me ayuda y le pido que llame a alguien para que me ponga una epidural, si existe la anestesia para qué voy a sufrir demás le dije. Llegó una chica muy calmada con una serie de papeles para que leyera y firmara para que viniera el anestesista, en el momento encontré medio ridículo que no me llevaran esos papeles antes cuando me podía mover con relativa normalidad. Entonces me hicieron caminar. 


Me llevarían de la sala de preparación a la de parto, caminando apoyada en cualquier pared que encontrase y en ese palo que sujeta el líquido que llegaba a mis venas, detrás Dani me sujetaba y por delante iba la chica de los papeles. Sentí mucha vergüenza en ese momento ya que detrás mío iba dejando un camino de líquido amniótico que no es particularmente transparente y el dolor a la vez era tan fuerte que 10 metros parecían ser 2 cuadras caminando. Pero insisto, quizás esta situación es normal.


A la sala de parto llegó eventualmente el anestesista y le solicitaron a Dani que esperara afuera, no dije nada pero hasta el día de hoy no entiendo porqué tuvo que esperar afuera si en cada historia que me han contado la pareja está ahí contigo, para ayudarte a ponerte en la mejor y más incómoda posición posible para que te pongan la epidural en medio de contracciones que hacen que te retuerzas por completo. Finalmente tuve que hacerlo sola y pensé en voz alta “cómo es que las mujeres hacen esto una y otra vez” y el anestesista dijo “las madres tienen amnesia”, y si, es cierto, el dolor dura tan pocas horas en comparación que lo haría de nuevo, pero estaría más preparada. 


Como recordarán, mencioné que tuvieron que aplicarme anestesia unas tres veces, pues no funcionaba, el dolor solo crecía y estaba tan ahogada después de horas con mascarilla que a ratos me iba quedando dormida y despertaba por el dolor. “Por qué no me duermen simplemente” le decía a Dani a ratos, y él no podía sino decirme “solo un rato más” mientras tomaba mi mano aguantando todos los moretones que probablemente le dejaría. Entre eso una mujer que parece que era una matrona llevaba horas diciéndome frívolamente que respirase bien, que sino me iba a hiperventilar y desmayar, pero aunque lo intentaba tampoco funcionaba porque estaba tapada en moco, lágrimas, y el aire encapsulado entre mi mascarilla y yo. 


A las horas volvió a aparecer la ginecóloga, y yo ya quería pujar, pero quería dejar la camilla en la que me tenían entre recostada y sentada para poder ponerme en cuclillas o en cuatro patas, no pregunté si podía por miedo y tampoco pensé que me fueran a dejar. Comenzó a llenarse la sala. Dos chicas al fondo esperando, la ginecóloga en posición como si fuera una de esas personas que juegas béisbol que cantan “strike!”, el anestesista mirando el celular, el neonatólogo diciendo “dale mami dale mami dale mami” mientras levantaba mi pierna dormida por la presión que el trabajo de parto estaba ejerciendo sobre una  juguetona hernia lumbar, Dani a mi derecha y una amable y suave matrona a mi izquierda, el único ser humano dispuesto a guiarme por el proceso y explicar con gentileza todo lo que estaba sucediendo. 


Como hija menor de cuatro y con cero experiencia con bebés tuve que informarme previamente sobre todo a lo que me enfrentaría, sin embargo, en el parto y durante los siguientes días nada de eso serviría. En el momento no entendí muy bien lo que era pujar hasta que alguien me dijo que hiciera un abdominal y me sentí media estúpida por no haberlo pensado antes. Luego en un momento de desesperación se me salió un grito ahogado tras el cual inmediatamente me dijeron “no grites, no sirve de nada”, pero se sintió más como un “no grites, es molesto”. Itka venía con el cordón umbilical en una vuelta alrededor del cuello, así que la ginecóloga se dispuso a tirar para fuera, esto generó un desgarro en muchas partes que después tendrían que suturar con anestesia local que tampoco funcionó. Luego lo pusieron sobre mi pecho, pero entre la mala postura en la que estaba y la mascarilla apenas lo veía. Ahora que lo pienso, a una parte de mí de la risa recordar con tanta precisión todo lo que pasó, lo ve como algo chistoso y accidentado, pero a la otra parte le da pena, rabia y vergüenza. 


El neonatólogo se llevó a Itka y a Dani para los típicos exámenes del inicio mientras a mí me “limpiaban”. Dejaron que Dani se quedara conmigo e Itka durante unas dos horas y luego se fueron los dos mientras a mí me llevaban a la habitación en la que me quedaría hasta el martes. Me quedé sola, con mi celular y una cena poco apetitosa, admito que después de tantas horas yo solo quería una hamburguesa, "que alguien me traiga algo frito y cubierto con chocolate" como dice el hada madrina de los cuentos. 


Debo haber dormitado unas dos horas cuando desperté para que me ayudaran a ir al baño porque entre el desgarro y la altura de la cama estaba medio difícil, además me daba pena dejar todo ensangrentado, puede que sea algo común pero detrás de las mascarillas te miran como “qué lata”. La primera noche apenas pude estar con Itka, se lo llevan para que descanses la primera noche, cosa que agradecí bastante. Mas durante los siguientes dos días estaba casi siempre conmigo. Me mostraron rápidamente cómo mudarlo, cómo agarrarlo y lavarle el poto en el baño, pero jamás llegué a hacerlo porque no podía levantarme para llevarlo al baño, y moverme para sacarlo del colecho era un suplicio así que dormía con él en brazos, luego llegaba alguien a retarme porque tenía que estar en su cunita. 


Durante esos días debo haber visto a unas 20 personas distintas, de todas ellas, las más amables fueron la matrona del parto, el neonatólogo, una señora que fue a hacer el aseo y una enferma que fue a controlarme. De aquellos seres, la señora del aseo me pilló llorando con Itka en la teta, me dolía todo el cuerpo y había dormido unas cuatro horas en dos días, entonces al llegar me comenzó a contar su historia de vida y me dio muchos consejos porque notó que era madre primeriza, hasta el día de hoy la recuerdo con cariño y le agradezco mucho por ese momento de compañía que me regaló. Luego, durante la última noche, tuve a Itka en mi pecho por 5 horas, lloraba y solo se calmaba estando ahí, no pude dormir y si bien él se quedaba dormido a veces, cada vez que lo movía se ponía a llorar fuertemente. Hoy pienso, “qué tan fuerte debe haber sido el shock del momento o el cansancio por no dormir nada, que mi mente quedó en blanco durante esas 5 horas a tal punto que ni siquiera se me ocurrió revisar el pañal?”. Entonces fue cuando llegó una bendita enfermera a controlarme, a las 5 en punto de la mañana aparece y yo ya no me podía la vida, entonces tomó a Itka y lo abrazó mientras le sacaba chanchitos, y le dijo “no pue no llore si usté ya comió bastante”, me miró con amabilidad y me dijo que se lo llevaría para que yo pudiese bañarme y dormir. En todos esos días no me había podido duchar.


Entonces ya era martes y a medio día llegaría Dani a sacarnos de ahí, por primera vez en dos eternos días vería a mi familia, la que esperé que estuviera ahí para ayudarme, para conversar, para distraerme… Mas no hubo visitas, en ningún horario era posible tener visitas, y si bien sabía que mientras menos hables es mejor y que el exceso de visitas puede ser abrumador, el parir en pandemia llevó la soledad al otro extremo en el que anhelaba que alguien me abrazase o por último llamase. 


Y así, emocionada por la llegada de Dani y mi mamá, comenzamos una vida diferente, rutina sin horarios exactos al inicio, ni nada igual, donde todos los días pasa algo nuevo con ese hermoso ser que llegó a desordenarme el gallinero. Lo único que se mantiene es que a cada control médico solo puede ir un padre, y que en unos meses más, mientras mueren más personas y nacen otras en medio de una pandemia, probablemente sigamos estando encerrados voluntariamente. 


FUENTE: Belén Pulgar N.
FUENTE: Belén Pulgar N.


Comentarios

  1. Hermoso.. Solo quede con ganas de hablar y narrar mi historia similar pero diferente.. Yo igual tuve un parto largo y tampoco me funcionó la anestesia..

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    1. Hola! Muchas gracias por leer y por tu comentario, si deseas contar tu historia me encantaría publicarla :) Te dejo mi contacto si un día quisieras enviarme algo, sólo te pediría una fotito para acompañar la publicación.
      Mi correo es belepul@gmail.com
      Saludos!

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